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Escalera hacia el cielo…de CO2

Imagen de portada: Coral (Autora: Valeria Nascimento). Exposición: «The Ancient Oceans».

Editorial Xerais (2019). Fuente: tiempo.com

Para comprender y predecir la evolución del clima ha sido esencial conocer la influencia de factores como los cambios en la órbita del planeta, actividad solar, la circulación del océano y gases de efecto invernadero, entre otros.

El libro «Os tempos e o clima de Galicia» (2019) (entre cuyos autores figura Xavier Fonseca, creador de «Historias del tiempo» en La Voz de Galicia), dedica uno de sus capítulos al cambio climático.

En él adaptan una gráfica de Miller y col. (2014) con el forzamiento radiativo de varios factores (calculado desde 1850), señalando a los gases de efecto invernadero como responsables del aumento global de temperatura.

El forzamiento radiativo o climático es la diferencia entre la luz solar absorbida por La Tierra y la energía devuelta al espacio. El artículo original incluye más factores y otro gráfico con la parte antropogénica y natural del forzamiento radiativo que hablan por sí solas…

a) Forzamiento radiativo, b) la misma variable, dividida en origen natural y antropogénico. Fuente: Miller y col. (2014).

Entre las emisiones de gases con efecto invernadero destaca el CO2 procedente de la quema de combustibles fósiles desde finales del s.XIX (80% del total de emisiones entre 1970-2010), asociado estrechamente con el calentamiento global. Sobre esta asociación veremos más adelante una gráfica muy ilustrativa (para estamparla en una camiseta, vamos).

El clima del planeta ha sufrido cambios continuos y seguirá cambiando en el futuro, pero esta es la primera vez que lo hace empujado por la actividad humana.

La temperatura promedio del planeta ha subido alrededor de 1ºC en 2017 respecto a la época pre-industrial (1850-1900), con un rango de 0,8-1,2ºC según el IPCC.

Pero un dato aislado como éste ¿es mucho o poco? para saberlo necesitamos ponerlo en contexto a los ciclos climáticos de La Tierra en una serie de tiempo mayor. Y la tenemos...

En la actualidad disponemos de una serie moderna de 800.000 años con medidas directas y precisas de CO2, y estimaciones antiguas que se remontan a cientos de millones de años.

En la serie moderna hay dos grupos de medidas. Por una parte los datos de CO2 del observatorio Mauna Loa (Hawaii) iniciados por C. David Keeling en marzo de 1958.

En ella los niveles de CO2 han aumentado desde 315,71 a 413,92 ppm (junio 2019), una subida del 31% en 6 décadas, cada vez más rápida.

Por otra parte tenemos medidas directas a partir del hielo. Las capas de varios kilómetros de espesor que cubren regiones polares en Groenlandia y la Antártida retienen burbujas de aire que permiten conocer los niveles de CO2 (y estimar la temperatura mediante el fraccionamiento isótopico del agua).

Los testigos de hielo estudiados en Groenlandia se remontan a 123.000 años y los de la Antártida hasta 800.000 años. Las historias que narran son similares respecto al CO2, pero difieren en un aspecto fundamental: en Groenlandia se han registrado cambios bruscos de temperatura (estimados de hasta 8 ºC en 40 años!) ausentes en la Antártida (Alley, 2000).

Capa de hielo Laurentino. Fuente: serc.carleton.edu

Dichos cambios, únicos para el hemisferio norte, se han relacionado con alteraciones en el flujo de calor en el océano ligadas al aumento/retroceso de la capa de hielo Laurentino en Norteamérica entre 95.000-6000 años atrás.

La serie de CO2 más larga disponible en la actualidad es la del testigo de hielo «Dome C» en la Antártida (Jouzel y col. 2007) obtenido durante el proyecto europeo para la extracción de núcleos helados (EPICA).

El «Dome C» incluye 800.000 años, con ocho periodos glaciales y los correspondientes interglaciales, a lo largo de unos 3.200 metros de hielo.

En esta simulación de NOAA pueden observar la variación del CO2 combinando todos estos datos -desde 2017 hasta 800.000 años atrás- incluyendo testigos de hielo de Groenlandia y la Antártida.

CONCLUSIÓN: los niveles de CO2 nunca superaron los 300 ppm en los últimos 800.000 años, hasta comienzos del s.XX.

Y aquí tienen la oscilación temporal de CO2 y temperatura, calculada mediante los isótopos del agua (el fraccionamiento o pérdida del isótopo pesado deuterio (2H)), a partir de muestras del «Dome C». El final de las épocas glaciales se caracteriza por subidas de temperatura de 4-7 ºC a lo largo de unos 5.000 años. Las tasas actuales son unas 10 veces superiores.

La gráfica para estampar en una camiseta. Fuente: NOAA.

Bien. Sigamos atando cabos. Ahora les mostraré otro gráfico menos habitual en los medios de comunicación que da pie a la parte final de esta entrada donde hablaremos del fitoplancton.

Fuente: Scripps CO2 program.

Lo que vemos aquí es la desviación negativa en la relación isotópica del carbono 13 (13C), inversa a la evolución positiva del CO2 (aunque no tan perfecta en series temporales más largas).

EXPLICACIÓN: La quema de combustibles fósiles añade CO2 a la atmósfera con una señal isotópica característica: carece de 14C debido a su antigüedad y está empobrecido en 13C. La gráfica anterior es una de las principales evidencias del origen antropogénico del aumento de CO2.

El carbono posee tres isótopos (12C, 13C y 14C). Los isótopos 12C y 13C son estables y a diferencia del 14C se mantienen constantes en la materia orgánica a lo largo del tiempo. El isótopo más abundante con diferencia es el 12C (98.9% frente a 1.1% de 13C).

La relación 13C/12C en plantas terrestres y microalgas es menor que en la atmósfera. Autor: F. Rodríguez.

En la incorporación de carbono en la fotosíntesis, plantas terrestres y microalgas (en concreto la enzima RUBISCO responsable de la fijación de carbono) discriminan a favor del isótopo ligero 12C respecto al 13C, por lo que su relación isotópica se empobrece en 13C.

Los combustibles fósiles (carbón, hidrocarburos, gas natural) que quemamos emitiendo CO2 a la atmósfera tienen su origen principalmente en microalgas y plantas terrestres, de ahí el descenso observado en el fraccionamiento isotópico del 13C.

Hasta aquí sólo hemos tratado de la serie moderna de CO2, pero ¿cómo estimamos los valores que había millones de años atrás?

Para estimar niveles de CO2 más allá de los testigos de hielo usamos paleobarómetros, principalmente fraccionamientos isotópicos a partir de microorganismos en sedimentos marinos.

El primero de dichos paleobarómetros emplea el fraccionamiento isotópico del 13C debido a la fotosíntesis, y analiza unos compuestos muy concretos: alquenonas, producidas por algunas especies de microalgas pertenecientes al grupo de las haptofitas.

Las alquenonas actuales proceden de Emiliania huxleyi y Gephyrocapsa oceanica, aunque antes del Plioceno (>5 Ma.) las responsables fueron otras especies (ya extintas, p.ej. del género Reticulofenestra).

El segundo paleobarómetro consiste en el fraccionamiento isotópico del 11B en las conchas de foraminíferos (zooplancton).

Ambos métodos muestran discrepancias dado que los valores de CO2 estimados proceden de organismos y procesos distintos.

Entre otros, un estudio reciente (Badger y col. 2019) indica que en los períodos con niveles más bajos de CO2, como los últimos 20 millones de años, el paleobarómetro de alquenonas tiene peor resolución debido a los mecanismos de concentración de carbono en las haptofitas.

El motivo es que dichos mecanismos de concentración aumentan el CO2 intracelular para contrarrestar la limitación en el medio y en consecuencia el fraccionamiento isotópico no recogería las oscilaciones del CO2 en el océano en dichas condiciones (y por extensión, en el aire).

Niveles de CO2 estimados mediante el paleobarómetro basado en alkenonas de haptofitas en una región ecuatorial del Atlántico (azul) y otras estimaciones anteriores (rojo). Fuente: Zhang y col. (2013).

Los niveles de CO2 mediante estos paleobarómetros señalan que los últimos 14 millones de años han sido la época con valores más bajos.

Sin embargo, la escalada actual del CO2 sigue un ritmo diez veces superior a los estimados en un período mayor, de hasta 66 millones de años.

Este brusco y rápido aumento del CO2 supone un reto adaptativo para los organismos que deben afrontar en un período breve de tiempo.

Un reto que será cada vez más difícil si las condiciones ambientales progresan en la dirección actual.

Editorial Destino (2019). Fuente: planetadelibros

En su último libro Juan Luis Arsuaga cita una metáfora preciosa sobre la evolución de las especies: los paisajes adaptativos, de Sewall Wright (1932).

En concreto me quedo con la visión que comenta de George Gaylord Simpson: el paisaje adaptativo como un mar picado que cambia muy lentamente y las especies con él.

Los picos del mar serían nichos ecológicos sobre los que se superponen las adaptaciones de las especies.

En este paisaje adaptativo cuando las especies no pueden seguir a los picos en movimiento, se quedan atrás.

«La escalera hacia el cielo de CO2» que levantamos desde hace más de un siglo está encrespando el paisaje adaptativo, haciendo que más y más especies se queden atrás…tal y como sugiere un trabajo recién publicado en Nature Communications: «Adaptive responses of animals to climate change are most likely insufficient» (Radchuck V. y col. 2019).

Un ejemplo de predicción catastrófica para un ecosistema marino se encuentra en el informe reciente del IPCC (2018) sobre la diferencia entre el impacto de un aumento de 1,5 ºC (el límite perseguido por el acuerdo climático de París de 2015) o de 2 ºC respecto a la época preindustrial. Pues bien, en él concluyen lo siguiente para los arrecifes de coral:

«Coral reefs, for example, are projected to decline by a further 70-90% at 1.5ºC (high confidence) with larger losses (>99%) at 2ºC (very high confidence)«.

Referencias

  • Alley R.B. Ice-core evidence of abrupt climate changes. PNAS 97:1331-1334 (2000).
  • Badger M.P.S. y col. Insensitivity of alkenone carbon isotopes to atmospheric CO2 at low to moderate CO2 levels. Clim. Past. 15: 539–554 (2019).
  • IPCC. Global Warming of 1.5ºC. 26 pp. (2018). Disponible en www.ipcc.ch
  • Jouzel J. y col. Orbital and Millennial Antarctic Climate Variability over the Past 800,000 Years. Science 317:793-796 (2007).
  • Prentice I.C. y col. The carbon cycle and atmospheric carbon dioxide (2018). 56 pp. Disponible en www.ipcc.ch
  • Radchuk V. y col. Adaptive responses of animals to climate change are most likely insufficient. Nat. Comm. 10:3109 (2019).
  • Zeebe R.E. y col. Anthropogenic carbon release rate unprecedented during the past 66 million years. Nat. Geosc. 9:325-329 (2016).
  • Zhang Y.G. y col. A 40-million-year history of atmospheric CO2. Phil. Trans. R. Soc. A 371: 20130096 (2013).
  • Fuentes web: NOAA (Global warming), Scripps CO2 program, Earth Observatory NASA.

Animales antárticos

Nigger y su hamaca. Fuente: purr-n-fur.org.uk

Nigger era un gatito negro que vivía en un barco, un viejo ballenero llamado Terra Nova. Subió a él en Cardiff, en junio de 1910, buscando un rincón cálido y tranquilo. Cuando le encontraron el barco ya había zarpado.

Inconfundible por su bigote blanco, pronto se ganó el cariño de la tripulación. Los marineros le hicieron una hamaca en proa donde se recostaba como un sultán, con almohadón y todo. Además de Nigger, pululaban por el Terra Nova un gato persa y varias ardillas.

También había liebres y otros animales más fuertes y resistentes al frío: ponis siberianos y manchúes, y perros esquimales.

Todos, especialmente ponis y perros, iban camino del peor viaje del mundo.

El Terra Nova visto desde la popa. Autor: H. Ponting. Fuente: Pinterest

Los tripulantes de aquel buque con proa de hierro, propulsado con carbón y vapor (y estupendas vías de agua), formaban parte de la expedición de Robert F. Scott a la Antártida (1910-1913).

Durante la travesía murieron dos ponis y tres perros, pero en los países anglosajones los gatos tienen 9 vidas.

Nigger cayó al mar mínimo un par de veces. Para rescatarlo ponían el barco al pairo y bajaban en un bote. Cuando hizo falta lo reanimaron con brandy.

Glaciar Barne (cabo Evans, 2008). Autor: Adrian Bird

Por fin, el 1 de enero de 1911 su felina mirada contempló (distraída), el horizonte blanco y la inmensidad de hielo y nieve del mar de Ross.

Se adentraron en él hasta fondear cerca del cabo Evans, flanqueados al este por una imponente cordillera y al oeste por el contorno humeante del volcán Erebus.

Scott y sus hombres eligieron aquel lugar en la isla de Ross (unida por hielo al continente), para construir su base de invierno. Junto a ellos desembarcaron 19 ponis y 30 perros.

La cabaña de la expedición Terra Nova, en cabo Evans y el Erebus (3.743 m). Autor: F. Rodríguez

Nigger correteaba entre los marineros mientras se afanaban en descargar trineos, personas, animales, y toda clase de impedimenta despejando la cubierta y bodegas del Terra Nova.

Un día, mientras dormía, no sintió a varias orcas golpeando la bandeja de hielo junto al barco. Intentaban que los perros o el hombre que los controlaba se precipitasen al agua.

A Nigger le encantaba la grasa de foca de Weddell que le daban los marineros.

Era tan glotón que decían que imitaba a los antiguos romanos: comía toda la que podía para luego vomitar y seguir la bacanal.

Paisaje de Cabo Evans desde la cabaña del Terra Nova. A la isla negra le llamaban «Isla Inaccesible». Autor: F. Rodríguez

El Fram (primer plano) y el Terra Nova (al fondo). Autor: H. Ponting. Fuente: Gettyimages

Después de varios días, el Terra Nova puso rumbo a un lugar cercano, la Bahía de las Ballenas.

Allí descubrieron un barco de casco redondeado como una cáscara de nuez: el Fram de la expedición noruega de Roald Amundsen. Se reunieron con ellos. Amistosos caballeros que no tuvieron reparos en comentar sus planes de lanzarse a la conquista del Polo Sur tras el invierno. Sin preguntar nada a cambio.

En sus palabras y gestos se apreciaba una firme determinación y el informe del encuentro llegó poco después a oídos de Scott.

Luego el Terra Nova regresó a Nueva Zelanda. Al año siguiente volvería para recoger a los expedicionarios.

Nigger desapareció durante una tempestad en el viaje de vuelta a Inglaterra. La última vez que le vieron estaba sobre la verga de gavia baja (vela trapezoidal del mástil), más arriba de lo que solía subir…

Apsley Cherry-Garrard en la cabaña de Cabo Evans. Autor: H. Ponting. Fuente: wikimediacommons

No hablaré de la carrera al Polo Sur sino del benjamín del grupo, Apsley Cherry-Garrard, un joven de 25 años, que anotaba en un diario sus vivencias en el equipo de Scott.

Cherry había estudiado lenguas clásicas e historia moderna en Oxford. De él decían que era «ayudante adaptable» y se empapó cuanto pudo de los conocimientos de sus compañeros más veteranos.

Orcas cerca de cabo Evans. Autor: Adrian Bird.

La suya fue una larga aventura, con varias expediciones en las que asistió a los trabajos científicos de un grupo que incluía biólogos, geólogos, meteorólogos, físicos, etc.

Vivió días felices y jornadas agotadoras muchos meses antes del trágico viaje al Polo Sur (del que solo recorrió una etapa).

Años después publicó «El peor viaje del mundo«, un relato apasionante que describe sus experiencias, la personalidad de sus compañeros y sus intereses científicos.

En su libro habla continuamente de focas, orcas, pingüinos, ballenas y aves, pero hay también lugar para las microalgas:

A menudo la parte inferior de los bandejones aparecía teñida de un extraño color amarillo. Este fenómeno se debe a unas diminutas plantas unicelulares llamadas diatomeas.

Diatomeas de la ensenada de McMurdo. Fuente: curso NSF 2008.

La vida flotante en la Antártida es densísima. <Las diatomeas eran tan abundantes en algunas zonas del mar de Ross que las redes grandes para plancton (que tienen 18 mallas por pulgada [1400 micras de luz]) quedaban en pocos minutos repletas de ellas y de otras especies de fitoplancton.

Es muy probable que en estas regiones las ballenas se alimenten tanto de las plantas como de los animales que componen el plancton> (Cherry-Garrard, 1922)

Vista de la barrera de hielo desde Cabo Crozier. En él se encontraba el criadero de emperadores. Acuarela de «Bill» Wilson. Fuente: Dailymail

Su relato no lo tituló así por el viaje al Polo Sur, sino en recuerdo del que él mismo realizó junto a «Bill» Wilson (médico, zoólogo y pintor) y «Birdie» Bowers, en busca de huevos de pingüino emperador. En pleno invierno antártico.

El interés de Wilson era estudiar la embriogenia del pingüino emperador. En aquella época se creía que el desarrollo embrionario resumía las vidas anteriores, la historia evolutiva de cada especie.

Estimaban que el emperador ocupaba una posición primitiva en el árbol evolutivo de las aves y que su embriogenia podía ofrecer datos acerca del «eslabón perdido» entre aves y reptiles.

Era la primera vez que alguien intentaba alcanzar un criadero de emperadores en esa época del año. A su regreso Cherry resumió el viaje con esta frase: «no teníamos palabras para expresar los horrores que habíamos pasado».

Pingüinos de Adelia, en el borde del hielo cerca de Cabo Evans. Autor: Adrian Bird.

Durante cinco semanas soportaron terribles condiciones con temperaturas desde -30ºC (suaves) a -60ºC (inhumanas). Estuvieron al borde de la muerte pero les sonrió la suerte, la misma que luego abandonó a Wilson y Bowers en la expedición al Polo Sur.

Hut Point (enero 2008). Autora: Hazel

Consiguieron localizar un criadero con unos 100 emperadores a 70 millas del cabo Evans y traerse de vuelta tres huevos congelados. Cherry los entregó en 1913 al Museo de Historia Natural de South Kensington, donde no les hicieron mucho caso.

Al final los enviaron para su estudio en la Universidad de Edimburgo. Después de todo sus sufrimientos no fueron en vano…

Hut Point. Acuarela de «Bill» Wilson. Fuente: Dailymail

En aquellas expediciones solían hacer escala en la «Punta de la Cabaña» (Hut Point), un refugio construido por la expedición de Scott a bordo del Discovery (1901-04).

Cabo Evans y el refugio del Discovery están separados por 20 km pero aquellos héroes conversaban entre ambas por teléfono !!

Leí el libro de Cherry justo antes de visitar aquellos lugares en enero de 2008 gracias a un curso de la NSF, impresionado por la sensación de entrar en una especie de cápsula del tiempo.

El refugio de «Hut Point», con la base McMurdo (EEUU) al fondo. Autor: F. Rodríguez

Hoy en día, la base de McMurdo (EEUU) está frente a Hut Point, y hasta cabo Evans se llega sin problemas en helicóptero.

En 2008 había mucho más hielo que en la época de las expediciones de Scott y la bahía frente a McMurdo estaba congelada.

Las investigaciones científicas que iniciaron aquellos pioneros continúan hoy en cada una de las bases antárticas, permanentes y temporales. Eso sí, en condiciones mucho mejores para personas y animales: ya nadie puede, ni necesita, cazar focas y pingüinos para sobrevivir !!

Uno de los perros (Chris) de la expedición de Scott. Autor: H. Ponting. Fuente:miepvonsydow

En 1993 se retiraron los últimos perros gracias a una cláusula del tratado antártico que prohibía la presencia de animales no nativos. El peligro real de contagio de enfermedades a las focas fue uno de los principales motivos.

Los ponis y perros de la carrera del Polo Sur fueron lo que la perrita Laika a la carrera del espacio. Amundsen sólo llevaba trineos de perros bien entrenados y constituyeron una de las razones de su éxito.

Los ponis de Scott aguantaron más de lo que cabría suponer pero el suyo fue un sacrificio inútil: no servían para «el viaje» de 1500 millas.

El Dr. Edward «Bill» Wilson y Nobby (octubre 1911). Autor: H. Ponting. Fuente: freezeframe

Sus nombres eran cuando menos curiosos: Willie Cansino, Jimmy Pig, Chinaman, Uncle Bill…de todos ellos el más fuerte era Nobby.

En una accidentada expedición de otoño consiguieron salvarle la vida saltando bandejones de hielo entre las orcas, mientras otros ponis terminaban en el mar.

La primavera siguiente emprendería el viaje al Polo Sur.

Si han llegado hasta aquí y tienen ganas de más, les recomiendo que lean el libro de Cherry.

Por mi parte prefiero dejar aquí esta historia, con el bueno de Nobby retozando en la nieve.

Referencias:

-Cherry-Garrard, A. El peor viaje del mundo. Ediciones B, 905 pp (2007).

El mar de Ross…

…Es el más cercano al polo sur geográfico y escenario de algunas de las mayores hazañas de la llamada «época gloriosa» de la exploración antártica a comienzos del s.XX. A él se dirigieron las famosas expediciones de Amundsen y Scott para iniciar sus viajes al polo sur en 1911 y 1912, con fatal desenlace para Scott y varios de sus compañeros.

El mar de Ross visto desde cabo Evans (2008). Autor: F. Rodríguez
El clima de la Antártida mantiene intactas y «congeladas en el tiempo» las cabañas de las expediciones de Robert F. Scott en «Hut Point» (1901-1904) y el cabo Evans (1910-1913).
Cabaña de la expedición «Terra Nova»
de R.F. Scott (1910-1913), con el volcán Erebus al fondo. Autor: Adrian B.

En su interior todo permanece igual que hace un siglo y despierta admiración imaginar cómo vivían y trabajaban en aquellas condiciones…

Interior de la cabaña de la expedición «Terra Nova». Autor: F. Rodríguez

Frente a «Hut Point» se encuentra hoy la base antártica permanente de McMurdo (EEUU), gestionada por el programa antártico de la National Science Foundation (NSF).
Base antártica McMurdo (EEUU). Autor: F. Rodríguez
En ella viven hasta 1000 personas, entre militares y civiles dedicados a la investigación.
En enero de 2008 gracias a una beca de la NSF pude visitar esos lugares históricos y la base McMurdo, en la que convivimos y trabajamos un grupo de estudiantes, post-docs e investigadores durante todo un mes.
Foca de Weddell en un respiradero
de la ensenada de McMurdo. Autor: F. Rodríguez
Hace millones de años que la Antártida se separó de América del Sur comenzando un invierno de nieves eternas que dura hasta nuestros días. El clima de la Antártida cambió bruscamente debido a que las corrientes marinas y los vientos, libres de todo obstáculo, envolvieron al continente y lo aislaron térmicamente. El hielo cubrió entonces la tierra firme y extensiones enormes del océano. Bajo cientos y hasta miles de metros de hielo en el interior de la Antártida se ocultan los fósiles de los bosques y la fauna de épocas más cálidas…

La vida marina tuvo que adaptarse a un nuevo ambiente, muy frío pero estable (entre -2 y 10ºC), menos inhóspito que la tierra firme! En la actualidad encontramos una gran diversidad de organismos marinos perfectamente adaptados a este medio pero incapaces de sobrevivir fuera de la «burbuja climática» de la Antártida. De ahí la fragilidad de este ecosistema que empieza a verse amenazado en las islas subantárticas debido al aumento de la temperatura en las últimas décadas.

Diatomeas aisladas bajo el hielo en la ensenada de McMurdo, frente a la base con el mismo nombre. Varios autores durante el curso NSF (enero 2008).
Colonia de Phaeocystis antarctica,
alga haptoficea abundante en las costas antárticas,
aislada en la ensenada de McMurdo.

En el caso del fitoplancton, encontramos los mismos grupos de microalgas que en otras latitudes con la excepción de cianobacterias, poco abundantes en los mares antárticos.

Debido a su adaptación a las bajas temperaturas, la observación del plancton al microscopio requiere de un porta-objetos equipado con un sistema de refrigeración. Si colocásemos la muestra sobre un «porta» normal, la temperatura ambiente y la luz del microscopio la «achicharrarían» en pocos minutos…!!

Las microalgas antárticas viven tanto en la columna de agua, charcas y pequeñas lagunas costeras, como en el hielo, ocupando el agua intersticial en su interior. Con el deshielo estacional, la banquisa de hielo se llega a teñir con el color marrón de las diatomeas y otras algas que proliferan en su interior y terminan por ser «liberadas» en el mar…

Estas proliferaciones de microalgas hacen girar la «rueda» del ecosistema marino y sin estos pequeños habitantes «del hielo» el océano antártico sería un desierto biológico igual que sucede en tierra firme…!!

En el borde del hielo, cerca del cabo Evans
con un pingüino de Adelia. Autor: F. Rodríguez

Esperemos que la vida natural en la Antártida no se convierta en un «juguete roto» más de nuestros caprichos…Y que los pingüinos nos puedan seguir observando, hasta acercarse a nosotros, con la misma inocente curiosidad ¡¡…pero sin miedo…!!

Referencias:

-Antártida. La vida en el límite. Las expediciones Bentart. García Alvarez O., Parapar Vegas J., Ramos Martos A (eds.). Hércules ediciones (2011).
-Portal web de United States Antarctic Program: http://www.usap.gov
-El peor viaje del mundo. Apsley Cherry-Garrard.