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Fuego y cenizas

Incendio en New South Wales (Australia, 2019). Autor: Orbital Horizon/Copernicus Sentinel Data/Gallo Images/Getty Images. Fuente: vox.com

A día de hoy siguen activos los incendios que desde septiembre devastan enormes áreas del sureste de Australia.

Más de 60.000 km2 (2/3 de la extensión de Portugal) es lo que se ha quemado en estos meses con un balance de 28 fallecidos y cientos de miles de personas desplazadas.

Wallabie en New South Wales aprovechando las zanahorias caídas del cielo. Fuente: dailymail.co.uk

En cuanto a la fauna salvaje se estiman en cientos de millones los animales muertos bajo el fuego, mientras que otros serán sacrificados por motivos de seguridad. Sí, han leído bien: camellos, unos 10.000).

La situación es tal que se ha creado la «Operación Rock Wallaby» consistente en arrojar miles de kilos de patatas y zanahorias desde helicópteros para que las colonias de estos marsupiales puedan sobrevivir tras la catástrofe.

Aunque no haya estudios todavía sobre estos incendios, el caso de 2019 ilustra las consecuencias de condiciones meteorológicas extremas (prolongadas sequías y elevadas temperaturas), cada vez más frecuentes debido al cambio climático.

Lo que sí sabemos es que las grandes sequías en Australia están asociadas con un fenómeno similar a lo que sucede en el Pacífico con «El Niño», y que en el Índico se denomina «Dipolo del Océano Índico (DOI)».

Consiste en una oscilación periódica de la temperatura superficial del Índico. Su relación con las sequías en Autralia se demostró en 2009, a partir de una serie temporal de 120 años.

Fase positiva del Dipolo del Océano Índico. Fuente: bom.gov.au

El DOI posee 3 fases: neutra, positiva y negativa. Durante la fase positiva la temperatura en el Índico occidental es más elevada, justo lo contrario que en la zona oriental.

En ella se intensifica el afloramiento costero y desciende la temperatura superficial del Índico, gracias al aumento de los alisios que transportan agua superficial desde Oceanía hacia África.

La intensidad del DOI suele ser máxima entre agosto y octubre. Sus efectos pueden prolongarse hasta diciembre para luego desaparecer con la llegada del monzón.

Pues bien. En septiembre de 2019 ya se constató que el DOI iba a ser especialmente intenso por lo que era de esperar una intensa sequía en Indonesia, Singapur y Australia.

Dipole Mode Index. Es el índice normalizado del DOI, donde se puede observar la intensa fase positiva de 2019. Fuente: Dr. Saji N. Hameed (http://enformtk.u-aizu.ac.jp)

Así pues, las grandes sequías en Australia (como las sufridas en las últimas dos décadas, desde 1995) están relacionadas con esta oscilación de temperatura en el Índico.

Si a ello le sumamos el aumento de temperatura debido al cambio climático tenemos el cóctel perfecto para la propagación de incendios.

A pesar del período seco que atraviesa Australia desde 1995 –conocido como «Big Dry»– la zona afectada por los incendios destacaba a nivel mundial por el crecimiento de su vegetación en las últimas décadas. Y no lo digo yo, lo reconocía el informe del IPCC titulado «Climate Change and Land» (2019):

Globally, greening trends (trends of increased photosynthetic activity in vegetation) have increased over the last 2–3 decades by 22–33%, particularly over China, India, many parts of Europe, central North America, southeast Brazil and southeast Australia.

IPCC (2019)
Volcanes en las Aleutianas y Alaska. La nube corresponde a la erupción del Kasatochi en 2008. Fuente: Fig. 1 de Langmann y col. (2010).

Para terminar con mejor sabor de boca despediré esta entrada con el vídeo de un koala rescatado de los incendios.

Pero antes querría contarles que los incendios en tierra pueden afectar a la vida marina. ¿CÓMO? pues, por ejemplo, fertilizando el océano.

Las cenizas de los incendios o de las erupciones volcánicas, a través de la erosión, la escorrentía de los ríos o la deposición atmosférica, aportan minerales y nutrientes esenciales para el crecimiento del fitoplancton tales como el hierro.

El efecto del polvo del desierto como fertilizante en el mar es bien conocido, pero no fue hasta la década de los 90′ cuando empezó a plantearse también que las cenizas volcánicas podrían ser relevantes para el ciclo del hierro y la productividad primaria en el océano.

Este campo de estudio es tan reciente que la primera evidencia de la relación causal entre una erupción y un bloom de microalgas se estableció en 2008 en el Pacífico NE tras el estallido del Kasatochi (un volcán situado en la islas Aleutianas, en el cinturón de fuego del Pacífico).

El Pacífico NE es una zona de baja productividad durante todo el año debido a la escasez de nutrientes en la capa iluminada del océano como el hierro.

Diferencia entre la media mensual de clorofila en 2008 respecto a 2002-2007, desde abril (A) a octubre (G). Fuente: Fig. 3 de Langmann y col. (2010).

De hecho Martin & Fitzwater escogieron esta región para confirmar la hipótesis de la limitación por hierro del fitoplancton en 1988, posible vía además para contrarrestar el cambio climático gracias al aumento de la fotosíntesis y la absorción de CO2 en el océano. Fascinante idea abandonada en la actualidad.

Pues bien, tras la erupción del Kasatochi a comienzos de agosto se observó un crecimiento anómalo de fitoplancton de forma casi inmediata y hasta el mes de octubre.

El área de crecimiento detectada mediante satélite coincidió con el desplazamiento y la deposición atmosférica de cenizas volcánicas del Kasatochi.

Pero además de la erupción contribuyeron también las condiciones oceanográficas favorables. Sin ellas no habría sucedido el bloom.

Porque en verano la capa de mezcla superficial se reduce a 20-40 metros, aumentando la estabilidad y el impacto de la fertilización claves ambas para la proliferación del fitoplancton durante semanas y semanas…

Respecto al efecto de las cenizas de los incendios, existe un antecedente preocupante para lo que está sucediendo ahora mismo en Australia.

En 1997 se observó una mortalidad masiva de arrecifes de coral en las islas Mentawai frente a Sumatra (Indonesia) tras una marea roja de fitoplancton. Dicho suceso mereció un artículo en Science (Abram y col. 2003).

Los autores de dicho trabajo identificaron como causa principal de la catástrofe la hipoxia asociada con la fase final de la marea roja y la descomposición de la materia orgánica producida durante ella.

Islas Mentawai (Indonesia). Fuente: everessencenutrition

Esta relación causa-efecto se apoya también en testimonios locales describiendo que los arrecifes y los peces comenzaron a morir cuando el mar se tiñó de rojo (nasa.gov).

La marea roja fue inmensa: cubrió los 400 kilómetros de extensión del archipiélago Mentawai y los daños que produjo fueron tan graves que perecieron la práctica totalidad de arrecifes y peces en la región.

Desgraciadamente nadie identificó la especie responsable. Pero no es descartable que la marea roja fuese también tóxica o ictiotóxica dados los efectos sobre el ecosistema (puede que fuesen dinoflagelados, rafidofíceas, quien sabe…).

¿Y cuál fue el motivo de aquella marea roja letal? Coincidió con un período de afloramiento, que favorece la proliferación de fitoplancton, y 1997 coincidió con valores positivos muy elevados para el índice del DOI, lo cual intensifica el afloramiento costero en la costa de Sumatra.

Oscilación del DOI durante los últimos 150 años. Fuente: CSIRO, a través de smh.com.au

El estudio de registros fósiles de arrecifes de hasta 7.000 años de antigüedad en la región no reveló alteraciones del crecimiento compatibles con episodios pasados de mortalidades masivas.

Y la reconstrucción prehistórica del índice DOI en la región reveló valores también elevados en épocas pasadas…

Así que la mortalidad de arrecifes en 1997 fue excepcional. Algo más tuvo que ocurrir aquel año…ya se lo imaginarán.

En 1997 sucedieron los peores incendios en el sureste de Asia desde que existen registros históricos especialmente en las islas de Sumatra y Borneo. Sólo en Sumatra se quemaron 15.000 km2 y unas condiciones anómalas de vientos alisios del este desplazaron las nubes de ceniza hacia las islas Mentawai, entre septiembre-diciembre de 1997.

A) extensión de los arrecifes muertos en Mentawai. B) anomalía superficial de temperatura mostrando el enfriamiento asociado con el afloramiento. C) Nube de humo asociada con los incendios.

El aporte de nutrientes y de hierro por las cenizas de los incendios (unido a las condiciones de afloramiento favorables al crecimiento del fitoplancton), se calcula que habría sido más que suficiente para iniciar y mantener la gigantesca, excepcional y mortífera marea roja.

Este siniestro es una llamada de atención sobre las graves consecuencias que pueden ocasionar los incendios forestales en el océano si las condiciones ambientales son también propicias.

Afortunadamente no parece haber sido el caso de Australia.

Los arrecifes ya están suficientemente amenazados por el aumento de temperatura como para echar más leña al fuego, nunca mejor dicho.

Peces muertos en el río MacLeay (New South Wales). Autor: L Newberry. Fuente: The Guardian.

El tiempo dirá si se observan efectos similares en las zonas costeras y de océano abierto afectadas por las cenizas de los incendios de 2019-2020.

A estas alturas no hay noticias de ningún bloom de fitoplancton y cabe pensar que no sucederá nada parecido a lo de Mentawai.

Lo que sí ha saltado a la prensa es la muerte de centenares de miles de peces en aguas continentales del estado de New South Wales por falta de oxígeno en ríos y lagos cargados de cenizas y fango (The Guardian, 17-I-2020).

Y ahora sí, aquí tienen a un koala con mucha suerte. Me encanta cómo le intenta tranquilizar la rescatadora tras meterlo al transportín.

Uno de esos vídeos que deja esperanza aunque también sabor agridulce en medio del naufragio.

Referencias:

  • Abram N.J. y col. Coral reef death during the 1997 Indian Ocean Dipole linked to Indonesian wildfires. Science 301:952-955 (2003).
  • Bixby R.J. y col. Fire effects on aquatic ecosystems: an assessment of the current state of the science. Freshwater Science 34:1340-1350 (2015).
  • Duggen S. y col. The role of airborne volcanic ash for the surface ocean biogeochemical iron-cycle: a review. Biogeosciences 7:827-844 (2010).
  • Langmann B. y col. Volcanic ash as fertiliser for the surface ocean. Atmos. Chem. Phys. 10:3891-3899 (2010).
  • Martin J. H. & Fitzwater S. E. Iron deficiency limits phytoplankton growth in the north-east Pacific subarctic. Nature 331: 341–343 (1988).
  • Shukla P.R. y col. Technical Summary. In: Climate Change and Land: an IPCC special report on climate change, desertification, land degradation, sustainable land management, food security, and greenhouse gas fluxes in terrestrial ecosystems, 74 pp. (2019). Disponible en: IPCC.
  • Ummenhoffer C.C. y col. What causes southeast Autralia’s worst droughts? Geophys. Res. Lett. 36. L04706 (2019).

Un estanque verde en Castrelos

¿Nos vemos en O Cafeciño de Eloy? Si os interesa Verne no os la perdáis.

Hoy tampoco retomo la saga de Verne: me ofrecieron repetir la charla el próximo 5 de julio en «O Cafeciño de Eloy» en Ramallosa (Nigrán) y prefiero mantener algunos secretos hasta ese día.

En su lugar les contaré un hecho curioso o «vivécdota» como diría Andreu Buenafuente. El 29 de mayo por la mañana llamaron desde parques y jardines del Ayuntamiento de Vigo a mi colega José Luis Garrido (IIM-CSIC). Por lo visto había un bloom de microalgas en un estanque del parque de Castrelos.

A media tarde, mientras mi gato se desperezaba de la siesta, recordé el asunto del bloom. ¿Pero en qué estaba pensando? Cogí una mochila con la cámara de fotos, una botellita de agua mineral y salí rumbo a Castrelos.

Este pillín, residente del estanque grande de Castrelos, se acercó a la cámara pero su interés era otro. Autor: F. Rodríguez

Vigo es famoso por sus cuestas y el parque de Castrelos no es una excepción: parte de sus 24 hectáreas discurren en ligera pendiente desde el Pazo-Museo Quiñones de León hasta la ribera del Lagares.

Es el mayor parque de la ciudad y en su zona inferior hay un estanque dominado por una fuente y sobre todo muchos patos. Supuse que allí se encontraría el bloom, pero no había ni rastro de él.

Así que remonté la pendiente con la vista puesta en las paredes de piedra que delimitan los terrenos del Pazo.

Es una visita obligada en Vigo y el Ayuntamiento de la ciudad ofrecerá en sus jardines la recepción de bienvenida a los participantes del IV Simposio Internacional de Ciencias del Mar (ISMS) el próximo miércoles 20 («Medio millar de científicos marinos de 14 países se reúnen en Vigo». Faro de Vigo, 16-VI-2018)

El Pazo Quiñones de León y sus jardines. Autor: F. Rodríguez

Durante el ISMS 2018 se celebrarán otros congresos relacionados con la investigación marina: EOF, ISC, SIQUIMAR y REDIBAL.

Congresos del ISMS 2018. Fuente: Facebook ISMS 

En este último, la Reunión Ibérica de Fitoplancton Tóxico, participamos como comité organizador varios investigadores del IEO de Vigo. Estos congresos no son abiertos al público y solo podrán acceder al Palacio de Congresos Mar de Vigo las personas registradas en el ISMS.

Sin embargo, de forma gratuita y abierta al público se celebrarán una mesa debate sobre «A muller e as Ciencias do Mar» (21 de junio, 19:00-20:00, promovida por DIVULGACCION), y el Workshop Cíes (22 de junio por la mañana) con motivo de la propuesta de la candidatura de las islas Cíes como Patrimonio Mundial UNESCO. La agenda completa está disponible en la web ISMS 2018.

Volvamos al Pazo

Estanque en el jardín inglés, con el bloom verde (29 de mayo 2018). Autor: F. Rodríguez

Una verja metálica permite acceder al edificio y sus jardines, dispuestos en varias terrazas horizontales. La inferior se conoce como el jardín inglés y allí se encuentra el estanque que buscaba.

¿Estaría allí el bloom? Sí, una espuma verde cubría más de la mitad de la superficie!

Recogí una muestra de agua con la botella y al día siguiente en el laboratorio tomé varias imágenes al microscopio y los siguientes vídeos a 100 y 400 aumentos respectivamente.

Las clorofíceas del estanque de Castrelos a 400X. Autor: F. Rodríguez

En los vídeos se observan tres tipos de células: cocoides inmóviles, ovoides móviles que recuerdan a Chlamydomonas, y colonias que deben pertenecer a otro/s género/s de clorofíceas de agua dulce dado que Chlamydomonas no forma colonias.

El 30 de mayo, mientras tomaba estas imágenes, me llamó Dolores Bernárdez (directora del Laboratorio Municipal), para comentarme la historia del bloom. Le envié las fotos y vídeos que acaban de ver y le comuniqué que no se trataba de una proliferación tóxica sino de algas verdes.

Si alguno de ustedes es experto en microalgas de agua dulce le agradecería que enviase sus comentarios sobre las imágenes y vídeos del bloom. En nuestro caso, para identificar las especies formadoras del bloom, recogí muestras para análisis de pigmentos fotosintéticos y marcadores genéticos.

Análisis de pigmentos mediante HPLC del alga verde de Castrelos. Autor: JL Garrido (IIM-CSIC).

¿Y cuáles fueron los resultados?

Las secuencias de marcadores genéticos no las conseguí, pero sí los pigmentos. En concreto José Luis Garrido, que los analizó días después en el IIM-CSIC y me envió el siguiente cromatograma con un perfil típico de algas verdes (clorofíceas).

Con estos resultados no es posible dar el nombre de ninguna de las especies implicadas, solamente que se trataba de algas verdes.

Estos organismos de agua dulce no producen toxinas, a diferencia de las cianobacterias, así que no hay motivos serios de preocupación por su proliferación.

Zoom de las clorofíceas del estanque, sobre una imagen a 400X, donde se aprecian células individuales y coloniales. Autor: F. Rodríguez

Si la frecuencia de los blooms es cada vez mayor puede que el estanque esté eutrofizándose (exceso de nutrientes) y habría que tomar medidas para devolverlo a un estado de equilibrio.

Esas medidas pasan por reducir los niveles de nutrientes en el estanque, que se acumulan y reciclan en el agua y en el fondo, disparando el crecimiento de las algas en condiciones favorables de luz y temperatura.

Una forma de luchar contra estos blooms es favorecer la renovación del agua en el estanque y recuperar el equilibrio del ecosistema acuático introduciendo, por ejemplo, plantas que compitan con las algas por los nutrientes y la luz…como los nenúfares.

Nenúfar y ranita de Castrelos. Autor: F. Rodríguez

 

Cianobacterias en la Costa del Tesoro

La proliferación de Trichodesmium en Canarias me ha recordado otro incidente de enorme impacto mediático, social y político. Sucedió a mediados de 2016 al otro lado del Atlántico, en Florida (EEUU). En este caso fueron cianobacterias de agua dulce las que llegaron al mar. Ahora verán cómo, pero ya les adelanto que eran tóxicas y que se montó un buen lío !!

El lago Okeechobee es el mayor de Florida con 1890 km2 y su nombre significa «agua grande» en la lengua de la tribu hitchiti (gracias Wikipedia). Pronunciado en gallego (de la tribu gallega de Galicia) significa «Oh, quee lluevee«, muy apropiado como veremos.

Esquema de la entrada y salida del agua en el lago Okeechobee. Autor: Riley D. Champine, NG Staff. Fuente: USGS, USDA, NASA, U.S. Army Corps of Engineers, South Florida Water Management District

A pesar de su extensión la profundidad media del lago es de 2.7 metros. El Okeechobee está clasificado como cuerpo de agua potable de clase I. Sus afluentes son principalmente el río Kissimmee desde el norte y su desagüe natural era la región de los Everglades, hacia el sur.

Y digo era porque el lago posee un sistema de diques que lo circundan casi por completo para regular el nivel del agua, bloqueando su comunicación natural con los Everglades.

El sistema actual de diques (Herbert Hoover) se construyó reforzando otros anteriores para evitar catástrofes por lluvias e inundaciones a causa de tormentas y huracanes. No en vano uno de ellos costó en 1928 la vida de al menos 2500 habitantes en la región.

Durante la época de lluvias el nivel del lago puede subir peligrosamente y la única forma de regular su volumen es descargando millones de litros hacia las costas este y oeste, a través de canales a los ríos Caloosahatchee y St. Lucie. Si pinchan en la imagen verán a qué me refiero.

El Okeechobee está sometido a una gran presión antropogénica y eutrofización por vertidos de origen urbano y ganadero al norte, y agrícolas al sur (caña de azúcar). Si a esto le añadimos el estancamiento del agua y condiciones ambientales propicias a mediados de año (altas temperaturas + luz en un lago extenso y somero) tenemos la receta perfecta para la proliferación de cianobacterias.

Entre noviembre 2015 – mayo 2016 se registró una cantidad excepcional de lluvia, con el invierno más húmedo en las series históricas de muchas ciudades del sur de Florida. Esto hizo que el Cuerpo de Ingenieros de la Armada de EEUU se viera obligado a rebajar el nivel del lago desde finales de enero (varios meses antes de lo habitual) para salvaguardar los diques que protegen los terrenos vecinos del Okeechobee. Además, debido a la antigüedad de los diques, mantienen el nivel del agua por debajo de lo normal por precaución.

Microcystis aeruginosa. La barra indica 20 micras. Fuente: Rosen y col. (2017)

El 13 de mayo los ingenieros comunicaron la presencia de un bloom de «microalgas» que cubría 85 km2 en el Okeechobee. En junio, con el bloom «viento en popa a toda vela«, las operaciones de regulación del agua provocaron la descarga de aguas verdosas (color guacamole) cargadas de cianobacterias en los estuarios y costas de Florida.

El 1 de julio se comenzó a reducir la descarga del lago pero para entonces el mal ya estaba hecho. En el lago, a finales de julio el bloom llegó a cubrir 1/3 de la superficie total (619 km2).

La proliferación estuvo dominada por Microcystis aeruginosa. Su presencia ya estaba documentada en el lago desde comienzos de los 80′ y suele ser habitual en los blooms de cianobacterias del Okeechobee.

Aspecto del bloom en el estuario del St. Lucie (Stuart, 11 julio). Autor: Joe Raedle (GETTY). Fuente: National Geographic

Junto a ella aparecían otras cianobacterias en menor proporción (hasta 26 especies) según un informe de Rosen y col. (2017) incluyendo a los géneros Dolichospermum, Nostoc y Pseudanabaena. Tanto Microcystis como los demás géneros son productores potenciales de diversas toxinas como las microcistinas, saxitoxinas, anatoxinas, etc.

Estas y otras cianotoxinas impiden los usos agrícolas y potables del agua en las reservas continentales donde proliferan, ya que pueden representar un serio peligro para la salud. Otro ejemplo de esto son los blooms de Microcystis en la región de Los Grandes Lagos.

Los vientos predominantes arrastraron las cianobacterias hacia el canal del este, transportándolas sobre todo al río St. Lucie y de ahí a la costa atlántica, conocida como Treasure Coast. La enorme masa de cianobacterias vertida al mar extendió el bloom varios kilómetros hacia el océano abierto.

Vistas del canal y estuario de St. Lucie afectados por el bloom de cianobacterias (24 junio). Autor: Eric Hasert (Treasure Coast Newspapers). Fuente: State of Florida Response to 2016 South Florida Algal Bloom.

En la costa el impacto socioeconómico fue enorme debido a las pérdidas del sector turístico por el aspecto y el olor del agua, así como la alarma sobre la salud de las personas y los ecosistemas marinos.

Pero no crean que era la primera vez: ya van 8 desde 2004, aunque la de 2016 ha sido la peor.

La coordinación y comunicación de la situación no funcionó como en ocasiones anteriores, desbordadas las autoridades por las dimensiones del problema.

Florida declaró el estado de emergencia en 4 condados registrando muertes de peces, marisco, de al menos un manatí y molestias en personas. Y en años anteriores también se observaron daños en la flora y fauna de los estuarios asociados a estas descargas de cianobacterias.

Central Marine (Stuart). Autor: Greg Lovett (The Palm Beach Post, 29 junio). Fuente: State of Florida Response to 2016 South Florida Algal Bloom.

Eso sí, el Departamento de Protección Medioambiental de Florida creó una página web para hacer pública la información en tiempo real sobre la evolución e impacto del bloom.

La web incluía datos de análisis bisemanales de las condiciones del agua, estado de las playas, análisis de toxinas (microcistinas, cilindrospermopsinas y anatoxina-a).

En este vídeo la CBS resumía el panorama, con imágenes impactantes incluyendo a un manatí, y la visión de la costra formada por las cianobacterias de agua dulce, putrefactas tras morir en el mar.

Pruebas para eliminar el bloom de cianobacterias en una «marina» del río St. Lucie (11 julio). Joe Raedle (GETTY). Fuente: National Geographic

Ante la gravedad de la situación se llevaron a cabo iniciativas no permitidas para mitigar el bloom. Desconozco cuáles en concreto, aunque en la web podemos encontrar imágenes como esta.

El riesgo de métodos tan «expeditivos» radica en el posible aerosol que puede provocar con el consiguiente riesgo sanitario para las personas. Antes de intentar nada es importante realizar pruebas a pequeña escala para evitar que el remedio sea peor que la enfermedad.

Para regular este tipo de iniciativas y estudiar las mejores opciones se creó un comité oficial que recibiría y estudiaría propuestas para mitigar el bloom.

Y así fue: recibieron 52 proyectos incluyendo métodos mecánicos (bombas de succión, skimmers, barreras flotantes…), biológicos (biopolímeros, fertilizantes para promover crecimiento microbiano…), químicos (agentes floculantes, bactericidas…) o combinaciones de varios de ellos.

Los miembros del comité oficial se decantaron por métodos mecánicos, pero el bloom se dispersó antes de que pudiesen poner en marcha iniciativas piloto. No obstante, la idoneidad de dichos métodos sigue en estudio.

Los humedales de los Everglades son la salida natural del Okeechobee. También han sufrido una progresiva destrucción e impacto ambiental por la influencia de las actividades humanas. Fuente: FloridaEverglades

El problema es que no hay experiencia suficiente en el caso de una proliferación costera con estas dimensiones. Muchos de ellos están pensados para mitigar los efectos sobre volúmenes más pequeños en aguas continentales (estanques, lagos), o en el oceáno abierto donde los efectos directos sobre las poblaciones no suponen un quebradero de cabeza.

¿Cuál es la solución a todo este despropósito medioambiental?

Por un lado está claro que la solución fundamental reside en mejorar la calidad de las aguas del Okeechobee. Pero además no hay otra forma de regular el agua que no sea vertiéndola al mar. Aunque existen alternativas.

En 2014, después de una situación similar en el verano anterior, los votantes de Florida decidieron aprobar por un 75% una enmienda a la constitución del estado para dedicar 1/3 de los ingresos por transacciones inmobiliarias para comprar y recuperar tierras al sur del lago.

Protestas el 2 de julio de 2016 solicitando la compra de tierras para solucionar el problema del Okeechobee. La imagen la twiteó el propio Sheriff del Condado de Martin. Fuente: Twitter @MartinFLSheriff

El objetivo: construir en ellas un depósito de almacenamiento y filtrado de agua que podría ser vertida a los Everglades, recuperando en parte el curso natural del agua a través del continente.

Las quejas por parte de la sociedad vienen de que a pesar de la decisión popular no se han ejecutado dichos planes, y así lo dejaron patente en esta imagen 3500 personas cerca de Stuart, pidiendo que se compren las tierras de una vez.

No existe un único culpable de esta situación y a pesar del clamor popular parece casi imposible llegar a un acuerdo a corto plazo entre los sectores económicos implicados.

Como conclusión me quedo con una frase de Larry Brand, biólogo marino de la Universidad de Miami, en un artículo de National Geographic (26-VII-2016): No matter which way that water goes, it creates problems. It is a case of who screams the loudest.

Referencias:

-Rosen B.H. y col. Cyanobacteria of the 2016 Lake Okeechobee and Okeechobee Waterway Harmful Algal Bloom. Disponible en USGS
-Slimy Green Beaches May Be Florida’s New Normal. Disponible en: National Geographic
-State of Florida Response to 2016 South Florida Algal Bloom. Disponible en epa.gov
-Why toxic algae blooms like Florida’s are so dangerous to people and wildlife. Disponible en: The Conversation