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Animales antárticos

Nigger y su hamaca. Fuente: purr-n-fur.org.uk

Nigger era un gatito negro que vivía en un barco, un viejo ballenero llamado Terra Nova. Subió a él en Cardiff, en junio de 1910, buscando un rincón cálido y tranquilo. Cuando le encontraron el barco ya había zarpado.

Inconfundible por su bigote blanco, pronto se ganó el cariño de la tripulación. Los marineros le hicieron una hamaca en proa donde se recostaba como un sultán, con almohadón y todo. Además de Nigger, pululaban por el Terra Nova un gato persa y varias ardillas.

También había liebres y otros animales más fuertes y resistentes al frío: ponis siberianos y manchúes, y perros esquimales.

Todos, especialmente ponis y perros, iban camino del peor viaje del mundo.

El Terra Nova visto desde la popa. Autor: H. Ponting. Fuente: Pinterest

Los tripulantes de aquel buque con proa de hierro, propulsado con carbón y vapor (y estupendas vías de agua), formaban parte de la expedición de Robert F. Scott a la Antártida (1910-1913).

Durante la travesía murieron dos ponis y tres perros, pero en los países anglosajones los gatos tienen 9 vidas.

Nigger cayó al mar mínimo un par de veces. Para rescatarlo ponían el barco al pairo y bajaban en un bote. Cuando hizo falta lo reanimaron con brandy.

Glaciar Barne (cabo Evans, 2008). Autor: Adrian Bird

Por fin, el 1 de enero de 1911 su felina mirada contempló (distraída), el horizonte blanco y la inmensidad de hielo y nieve del mar de Ross.

Se adentraron en él hasta fondear cerca del cabo Evans, flanqueados al este por una imponente cordillera y al oeste por el contorno humeante del volcán Erebus.

Scott y sus hombres eligieron aquel lugar en la isla de Ross (unida por hielo al continente), para construir su base de invierno. Junto a ellos desembarcaron 19 ponis y 30 perros.

La cabaña de la expedición Terra Nova, en cabo Evans y el Erebus (3.743 m). Autor: F. Rodríguez

Nigger correteaba entre los marineros mientras se afanaban en descargar trineos, personas, animales, y toda clase de impedimenta despejando la cubierta y bodegas del Terra Nova.

Un día, mientras dormía, no sintió a varias orcas golpeando la bandeja de hielo junto al barco. Intentaban que los perros o el hombre que los controlaba se precipitasen al agua.

A Nigger le encantaba la grasa de foca de Weddell que le daban los marineros.

Era tan glotón que decían que imitaba a los antiguos romanos: comía toda la que podía para luego vomitar y seguir la bacanal.

Paisaje de Cabo Evans desde la cabaña del Terra Nova. A la isla negra le llamaban “Isla Inaccesible”. Autor: F. Rodríguez

El Fram (primer plano) y el Terra Nova (al fondo). Autor: H. Ponting. Fuente: Gettyimages

Después de varios días, el Terra Nova puso rumbo a un lugar cercano, la Bahía de las Ballenas.

Allí descubrieron un barco de casco redondeado como una cáscara de nuez: el Fram de la expedición noruega de Roald Amundsen. Se reunieron con ellos. Amistosos caballeros que no tuvieron reparos en comentar sus planes de lanzarse a la conquista del Polo Sur tras el invierno. Sin preguntar nada a cambio.

En sus palabras y gestos se apreciaba una firme determinación y el informe del encuentro llegó poco después a oídos de Scott.

Luego el Terra Nova regresó a Nueva Zelanda. Al año siguiente volvería para recoger a los expedicionarios.

Nigger desapareció durante una tempestad en el viaje de vuelta a Inglaterra. La última vez que le vieron estaba sobre la verga de gavia baja (vela trapezoidal del mástil), más arriba de lo que solía subir…

Apsley Cherry-Garrard en la cabaña de Cabo Evans. Autor: H. Ponting. Fuente: wikimediacommons

No hablaré de la carrera al Polo Sur sino del benjamín del grupo, Apsley Cherry-Garrard, un joven de 25 años, que anotaba en un diario sus vivencias en el equipo de Scott.

Cherry había estudiado lenguas clásicas e historia moderna en Oxford. De él decían que era “ayudante adaptable” y se empapó cuanto pudo de los conocimientos de sus compañeros más veteranos.

Orcas cerca de cabo Evans. Autor: Adrian Bird.

La suya fue una larga aventura, con varias expediciones en las que asistió a los trabajos científicos de un grupo que incluía biólogos, geólogos, meteorólogos, físicos, etc.

Vivió días felices y jornadas agotadoras muchos meses antes del trágico viaje al Polo Sur (del que solo recorrió una etapa).

Años después publicó “El peor viaje del mundo“, un relato apasionante que describe sus experiencias, la personalidad de sus compañeros y sus intereses científicos.

En su libro habla continuamente de focas, orcas, pingüinos, ballenas y aves, pero hay también lugar para las microalgas:

A menudo la parte inferior de los bandejones aparecía teñida de un extraño color amarillo. Este fenómeno se debe a unas diminutas plantas unicelulares llamadas diatomeas.

Diatomeas de la ensenada de McMurdo. Fuente: curso NSF 2008.

La vida flotante en la Antártida es densísima. <Las diatomeas eran tan abundantes en algunas zonas del mar de Ross que las redes grandes para plancton (que tienen 18 mallas por pulgada [1400 micras de luz]) quedaban en pocos minutos repletas de ellas y de otras especies de fitoplancton.

Es muy probable que en estas regiones las ballenas se alimenten tanto de las plantas como de los animales que componen el plancton> (Cherry-Garrard, 1922)

Vista de la barrera de hielo desde Cabo Crozier. En él se encontraba el criadero de emperadores. Acuarela de “Bill” Wilson. Fuente: Dailymail

Su relato no lo tituló así por el viaje al Polo Sur, sino en recuerdo del que él mismo realizó junto a “Bill” Wilson (médico, zoólogo y pintor) y “Birdie” Bowers, en busca de huevos de pingüino emperador. En pleno invierno antártico.

El interés de Wilson era estudiar la embriogenia del pingüino emperador. En aquella época se creía que el desarrollo embrionario resumía las vidas anteriores, la historia evolutiva de cada especie.

Estimaban que el emperador ocupaba una posición primitiva en el árbol evolutivo de las aves y que su embriogenia podía ofrecer datos acerca del “eslabón perdido” entre aves y reptiles.

Era la primera vez que alguien intentaba alcanzar un criadero de emperadores en esa época del año. A su regreso Cherry resumió el viaje con esta frase: “no teníamos palabras para expresar los horrores que habíamos pasado”.

Pingüinos de Adelia, en el borde del hielo cerca de Cabo Evans. Autor: Adrian Bird.

Durante cinco semanas soportaron terribles condiciones con temperaturas desde -30ºC (suaves) a -60ºC (inhumanas). Estuvieron al borde de la muerte pero les sonrió la suerte, la misma que luego abandonó a Wilson y Bowers en la expedición al Polo Sur.

Hut Point (enero 2008). Autora: Hazel

Consiguieron localizar un criadero con unos 100 emperadores a 70 millas del cabo Evans y traerse de vuelta tres huevos congelados. Cherry los entregó en 1913 al Museo de Historia Natural de South Kensington, donde no les hicieron mucho caso.

Al final los enviaron para su estudio en la Universidad de Edimburgo. Después de todo sus sufrimientos no fueron en vano…

Hut Point. Acuarela de “Bill” Wilson. Fuente: Dailymail

En aquellas expediciones solían hacer escala en la “Punta de la Cabaña” (Hut Point), un refugio construido por la expedición de Scott a bordo del Discovery (1901-04).

Cabo Evans y el refugio del Discovery están separados por 20 km pero aquellos héroes conversaban entre ambas por teléfono !!

Leí el libro de Cherry justo antes de visitar aquellos lugares en enero de 2008 gracias a un curso de la NSF, impresionado por la sensación de entrar en una especie de cápsula del tiempo.

El refugio de “Hut Point”, con la base McMurdo (EEUU) al fondo. Autor: F. Rodríguez

Hoy en día, la base de McMurdo (EEUU) está frente a Hut Point, y hasta cabo Evans se llega sin problemas en helicóptero.

En 2008 había mucho más hielo que en la época de las expediciones de Scott y la bahía frente a McMurdo estaba congelada.

Las investigaciones científicas que iniciaron aquellos pioneros continúan hoy en cada una de las bases antárticas, permanentes y temporales. Eso sí, en condiciones mucho mejores para personas y animales: ya nadie puede, ni necesita, cazar focas y pingüinos para sobrevivir !!

Uno de los perros (Chris) de la expedición de Scott. Autor: H. Ponting. Fuente:miepvonsydow

En 1993 se retiraron los últimos perros gracias a una cláusula del tratado antártico que prohibía la presencia de animales no nativos. El peligro real de contagio de enfermedades a las focas fue uno de los principales motivos.

Los ponis y perros de la carrera del Polo Sur fueron lo que la perrita Laika a la carrera del espacio. Amundsen sólo llevaba trineos de perros bien entrenados y constituyeron una de las razones de su éxito.

Los ponis de Scott aguantaron más de lo que cabría suponer pero el suyo fue un sacrificio inútil: no servían para “el viaje” de 1500 millas.

El Dr. Edward “Bill” Wilson y Nobby (octubre 1911). Autor: H. Ponting. Fuente: freezeframe

Sus nombres eran cuando menos curiosos: Willie Cansino, Jimmy Pig, Chinaman, Uncle Bill…de todos ellos el más fuerte era Nobby.

En una accidentada expedición de otoño consiguieron salvarle la vida saltando bandejones de hielo entre las orcas, mientras otros ponis terminaban en el mar.

La primavera siguiente emprendería el viaje al Polo Sur.

Si han llegado hasta aquí y tienen ganas de más, les recomiendo que lean el libro de Cherry.

Por mi parte prefiero dejar aquí esta historia, con el bueno de Nobby retozando en la nieve.

Referencias:

-Cherry-Garrard, A. El peor viaje del mundo. Ediciones B, 905 pp (2007).

Barcos que ya no surcan los mares

HMS Beagle en la Tierra del Fuego.
Pintura de Conrad Martens, durante el viaje de 1831-1836.

Los estudios en el medio natural (las campañas oceanográficas y pesqueras) son imprescindibles para conocer los ecosistemas marinos y la relación de la biología con la física y la química del mar.

Hoy trataré de aquellos buques que bien no existen ó duermen en museos, pero a los que la ciencia en general (y la investigación marina en particular) les debe mucho.

Serán “pinceladas”; sus aventuras en muchos casos merecerían entradas por separado…

Charles Darwin (sobre 1840)
Autor: G. Richmond.
Copyright: Assumed Royal College of Sergeons
Fuente: australianmuseum.net.au

Para empezar, cómo no, el HMS Beagle, un velero inglés de la Royal Navy, protagonista de la circunnavegación en la que participó Charles Darwin en 1831-1836. El objetivo principal de aquel periplo era la elaboración de trabajos hidrográficos y cartas náuticas de las costas de Suramérica.
Pero aquel viaje fue mucho más: Darwin extrajo cuantiosa información que le serviría para publicar muchos años después (en 1859) su teoría sobre la evolución y el origen de las especies.

 

La expedición de Amundsen en la Antártida,
con el Fram al fondo (1911).
Fotografía de la National Library of Norway.
Fuente: nationalgeographic.com

En mi caso tengo especial debilidad por las expediciones polares a comienzos del s.XX.

Llegaron a los confines del planeta con unos medios muy limitados gracias a la capacidad sobrehumana
de personajes mitad exploradores, mitad científicos (en distinta medida según los casos) como Fridjtof Nansen, Roald Amundsen, Robert F. Scott ó Ernest Shackleton, entre otros…

Todos ellos llevan unidas a sus hazañas una serie de barcos, como el Fram en el caso de los noruegos, ó el Discovery y el Endurance en el caso de los ingleses.

El museo FRAM de Oslo.
Autor: A. Chirulescu. Wikimedia commons.

El Fram noruego ocupa el primer lugar en mi lista de relatos pendientes sobre barcos.

Este buque sigue existiendo y lo podemos visitar en un museo de Oslo creado en su honor (y que recomiendo). Roald Amundsen puso rumbo a la Antártida en el Fram cuando alcanzó el Polo Sur en 1911. Y ésa no fue su mayor aventura.

Bueno, centrémonos ahora en el caso español, y aprovechando que el IEO (Instituto Español de Oceanografía) celebra este año su centenario, merece la pena viajar en el tiempo un siglo atrás y recordar aquellas primeras campañas.

En aquel turbulento inicio del siglo XX la oceanografía española estaba en pañales y bastante aislada del esfuerzo que otros países dedicaban al estudio de los océanos…

El “Cocodrilo” cuando era todavía un cañonero.
Colección de D. José Lledó Calabuig. Fuente: todoavante.es

En 1906 se creó la Comisión Oceanográfica, un ambicioso proyecto que pretendía instalar dichas comisiones en los principales puertos de la península, empezando por Barcelona.

Para ello utilizarían buques de guerra antiguos transformados en laboratorios, así como embarcaciones específicas cuando fuera necesario realizar estudios de oceanografía en la plataforma continental española.

 

El “Cocodrilo” transformado en laboratorio de la
comisión oceanográfica. Fuente: vidamaritima.com
Laboratorios del “Cocodrilo”.
Fuente: vidamaritima.com

Pero no había financiación suficiente para tanto dispendio y sólo se pudo crear la comisión oceanográfica de Barcelona, aplicada a la pesca y dirigida por el capitán de fragata Joaquín de Borja.

A su servicio pusieron un vetusto cañonero de 1870, el “Cocodrilo“, que languidecía en un estado deplorable (según las crónicas), y que fue reconvertido en “buque pontón” para su uso como laboratorio, biblioteca y escuela de zoología marina. La comisión oceanográfica “cerró escotillas” en 1928.

En 1913 se reunió en Roma la Comisión Internacional del Mediterráneo, presidida por el príncipe Alberto I de Mónaco. A pesar de la deficiente preparación, España se asoció a dicha comisión, que acordó las investigaciones y métodos científicos que debían utilizar los países miembros.
Luego, en 1914, se creó el IEO y se iniciaron las campañas oceanográficas en el Mediterráneo…

El cañonero Vasco Núñez de Balboa.
Colección de D. Alfredo Aguilera. Fuente: blog.todoavante.es

El IEO no contaba con buques oceanográficos y se recurrió al Ministerio de Marina para que participasen los cañoneros de 1ª clase del tipo Pizarro: el “Vasco Núñez de Balboa” y el “Hernán Cortés”. Eran buques de 47 metros de eslora, con unos 50 tripulantes y armados con varios cañones en proa y popa…

Los cañoneros de aquella clase se construyeron en Escocia a finales del s.XIX para enviarlos a la guerra de Cuba (1898). Allí se enfrentaron a la US Navy, regresaron (que no es poco), y en una segunda vida menos arriesgada se dedicaron a los trabajos de oceanografía con el IEO.

Una red de plancton en el Hernán Cortés durante la primera campaña en las rías gallegas.
Trabajaron en las rías de Vigo, Pontevedra y Arousa  (verano de 1916).
En la imagen se atisban las Islas Cíes al fondo así que debió ser tomada en la Ría de Vigo.
El original apareció publicado en el Boletín de Pescas (septiembre de 1916).

La primera campaña en las rías gallegas duró 2 meses. El director del IEO era Odón de Buen, quien escribió un artículo sobre aquella campaña en el Boletín de Pescas del Ministerio de Marina (septiembre de 1916).

En él decía lo siguiente:

Material oceanográfico en el Hernán Cortés
durante la primera campaña en las rías gallegas.
Fuente: Boletín de Pescas, septiembre 1916.

“El buque (Hernán Cortés) es un viejo cañonero de 300 toneladas que, merced a cuidados extraordinarios, se mantiene aún boyante, y gracias a su poco calado (unos dos metros) puede entrar por todas partes; se hacen difíciles con él largas operaciones a buque parado con aparatos de fondo, por su poca estabilidad, y no pueden intentarse pescas con grandes redes que exigen popa saliente que defienda la hélice de posibles contingencias y cubierta despejada. Ha sido, en cambio, muy fácil el hacer observaciones oceanográficas,…”

Aquella campaña tenía dos finalidades (sigo citando a Odón de Buen):  “iniciar las observaciones metódicas de las aguas del mar en las rías gallegas y resolver el pleito entre los interesados en la pesca, respecto al procedimiento denominado de la Ardora“.

En aquella primera campaña ya se encontraron con las mareas rojas: “Durante este verano hemos tenido ocasión de estudiar la masa rojiza que, en días determinados, invade las rías bajas, coloreando de ocre el agua en grandes extensiones…”.

Las observaciones sobre la pesca a la ardora y la explicación que dio Odón de Buen sobre aquella marea roja provocaron una disputa científica en unos términos que hoy calificaríamos de muy rudos. Bromitas las justas…


Agradecimientos:

A Uxía y Alexia de la biblioteca del IEO de Vigo, por facilitarme los artículos
de los Boletines de Pesca que he utilizado para esta entrada.

Referencias:

-de Buen, O. Trabajos españoles de oceanografía: campañas del “Vasco Núñez de Balboa” en el Mediterráneo: finalidad y resultados. La próxima campaña del “Hernán Cortés” por las rías gallegas. Trabajos oceanográficos en San Sebastián. Boletín de Pescas 1: 3-8. Junio 1916.
-de Buen, O. Trabajos españoles de oceanografía: campaña del Hernán Cortés este verano. Boletín de Pescas 3: 2-9. Septiembre 1916.
-Pérez-Rubín Feigl J. Las investigaciones biológico-pesqueras de Joaquín de Borja en el mar catalán (1891-1924) y el pontón oceanográfico Cocodrilo. Revista del Museum Marítim de Barcelona, pp. 99-117, diciembre 2008.
-El Instituto Español de Oceanografía. 75 Años de Investigación. MAPA, pp. 136 (1989).
-Internet: http//www.foro.todoavante.es